El Observador Moderno
Una historia sobre la fe
y lo que cuesta perderla
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01
El botón rojo

Si hace diez años me daban ese botón...

Si hace diez años me daban un botón rojo... un solo botón que, al apretarlo, borrara para siempre el concepto de Dios de la mente humana... te juro que lo habría reventado a golpes.

No lo habría pensado ni un segundo.

Para mí, la religión no era un consuelo. Era un veneno. Una excusa barata para no enfrentar la realidad. Veía a la gente persignarse antes de un examen, pedirle milagros a estatuas de yeso, entregarle el diezmo a tipos de traje que bajaban de autos alemanes... y sentía asco. Literalmente, asco físico.

"¿Qué tan rápido avanzaría el mundo si dejáramos de esperar que el cielo nos resuelva los problemas?"

Yo tenía la respuesta perfecta. Tenía los datos. Tenía la lógica. Estaba convencido de que la humanidad sería mil veces mejor, más libre y más próspera sin esa muleta psicológica.

Hasta que una noche, a las tres de la mañana, en un galpón con olor a lavandina barata y humedad, la lógica me dejó completamente tirado.

02
El invierno del 2014

Ese año enterré a mi hermano mayor.

No fue una muerte heroica. Fue cáncer. Rápido, sucio y sin sentido.

El día del funeral llovía tanto que el agua se metía por el cuello de la camisa y te helaba la espalda. Yo estaba parado ahí, mirando el agujero en la tierra. Y del otro lado, estaba el sacerdote de la familia.

El sacerdote

"Dios necesitaba un ángel. Es parte de Su plan perfecto."

Yo lo miraba y me hervía la sangre. ¿Un plan perfecto? Mi hermano se había pasado los últimos tres meses vomitando bilis y gritando de dolor cada vez que se le pasaba el efecto de la morfina.

Yo soy un tipo de números. De resultados. Si algo no funciona en la vida real, lo descarto. Y en esa habitación de hospital, mientras los monitores marcaban que los órganos de mi hermano estaban fallando uno por uno, la fe no había servido para absolutamente nada.

¿Sabés qué es lo que más me dolía? No era solo que mi hermano hubiera muerto. Era que, hasta el último segundo, él esperaba un milagro. Él dejó de pelear.

El pastor de su congregación le dijo que "si su fe era lo suficientemente grande, la sanidad iba a llegar". Ese era mi motor. Esa rabia. Yo quería destruir esa dependencia.

03
La cruzada personal

Tenía toda la razón del mundo.
Pero me sentía vacío.

Me metí en los lugares donde la fe hace ruido. Fui a iglesias evangélicas inmensas. De esas que parecen estadios de fútbol, con pantallas LED de diez metros y sonido envolvente.

Me sentaba en el fondo y observaba. Veía a gente que apenas llegaba a fin de mes, con las manos curtidas por el trabajo de fábrica, metiendo billetes doblados en sobres blancos porque un tipo de traje brillante les prometía que "la semilla de la prosperidad" se iba a multiplicar.

Ganaba todas las discusiones. Pero no los "liberaba". Los dejaba rotos. Los dejaba angustiados.

Y peor aún. Empecé a mirar a mi alrededor, a mi círculo de amigos "racionales", ateos, pragmáticos. ¿Estábamos mejor?

Estábamos todos medicados por ansiedad. Tapados de laburo para no pensar. Habíamos matado a Dios, sí. Pero no habíamos matado el miedo a la muerte. Ni la culpa. Ni el vacío de los domingos a la tarde.

04
El galpón

No tenía túnica.
Tenía una remera manchada de lavandina.

Llegué a un centro de recuperación de adictos manejado por una parroquia de barrio. Yo esperaba encontrar a un cura lavándoles el cerebro. En cambio, encontré a Carlos.

Estaba agachado, limpiando el vómito de un pibe que no debía tener más de diecinueve años, que temblaba por el síndrome de abstinencia.

Me acerqué con mi libreta y mi arrogancia a cuestas. Le pregunté, casi sobrando la situación:

Yo

"¿De verdad creés que rezar lo va a curar del paco?"

Carlos no me miró. Siguió pasándole un trapo húmedo por la frente al pibe. Tardó como diez segundos en responder. Ese silencio me incomodó más que cualquier grito.

Carlos

"Vos no tenés idea de dónde estás parado, ¿no?"

Esa frase. Ese tono. No era el tono de un fanático. Era el tono de un tipo que está en la trinchera mientras vos hablás desde el escritorio.

05
Agua sucia en vasos de plástico

Vos tenés el lujo del existencialismo.

Carlos

"Mirá, pibe. Vos tenés el lujo del existencialismo. Vos podés sentarte en un bar de Palermo a debatir sobre el sentido del universo porque tenés la heladera llena y nadie te está cagando a tiros en la puerta de tu casa."

Yo quise interrumpirlo, pero me levantó la mano.

Carlos

"Vos me hablás de asistencia psiquiátrica. ¿Sabés cuánto tarda el Estado en darle un turno a un pibe de acá? Seis meses. En seis meses, a este pibe que estaba vomitando hoy, lo encontramos en una zanja con un tiro en la cabeza por una deuda de dos mil pesos."

"Yo les hablo de Dios porque a las cuatro de la mañana, cuando el cuerpo les pide veneno a gritos... necesitan saber que hay alguien que no los soltó."

Yo

"Pero es una ilusión."

Carlos

"¿Y qué? Si la ilusión lo mantiene vivo esta noche, si la ilusión hace que mañana se levante y aprenda el oficio de carpintero en vez de salir a robar... ¿quién sos vos para sacarle la ilusión? ¿Qué le vas a dar a cambio? ¿Estadísticas? ¿Un libro de filosofía?"

06
El experimento

Veintiún años.
Una mirada de viejo de ochenta.

Le pedí a Carlos que me dejara venir a ayudar. Quería demostrarle que, con empatía pura, racionalidad y un poco de psicología conductual, podía lograr el mismo resultado sin necesidad de invocar cielos ni infiernos.

Ahí conocí a Damián. Veintiún años, piel pegada a los huesos, marcas de cortes en los brazos y una mirada que parecía de un viejo de ochenta. Llevaba cuatro días limpio.

Me senté con él todas las tardes durante dos semanas. Le hablé de cómo funcionaban las sinapsis de su cerebro. Le expliqué el circuito de recompensa de la dopamina. Le dije que él no era un "pecador", que era simplemente víctima de su química cerebral y de su entorno socioeconómico.

Damián me escuchaba. Asentía. Parecía que lo estaba logrando. Mi método funcionaba.

Hasta el día quince.

07
Las dos de la mañana

Damián se quebró.

Llegué al galpón en quince minutos. Llovía de nuevo. Entré corriendo a la habitación del fondo. Damián estaba hecho un ovillo en el piso, temblando descontrolado. Había roto una ventana y tenía las manos cortadas.

Me agaché a su lado. Intenté usar mi método.

Yo

"Damián, escúchame. Es una recaída estadística. Es normal en el proceso de recuperación de los receptores de dopamina. Mañana volvemos a empezar. No es tu culpa, es química..."

Damián me agarró del cuello de la campera. Me tiró hacia él y me gritó en la cara, con un aliento que olía a bilis y desesperación:

Damián

"¡Me cago en tu química! ¡Le robé a mi vieja de nuevo! ¡Soy una basura! ¡No me importan tus números, decime que alguien me va a perdonar! ¡Decime cómo me perdono esto!"

Me quedé congelado. No tenía respuesta. Mi lógica no tenía la capacidad de absolver la culpa humana. La estadística no te perdona. La ciencia no te abraza cuando te odiás a vos mismo.

08
La tecnología más antigua

Vi la tecnología más antigua de la humanidad en acción.

Carlos no trajo estadísticas. No trajo lógica. Se agachó en el piso lleno de vidrios y barro. Agarró a Damián por la cabeza, fuerte, casi con violencia amorosa, y le pegó la frente contra la suya.

Carlos

"¿Vos te pensás que a Dios lo asusta tu mugre? ¿Te creés que sos tan importante como para que tu error sea más grande que Su perdón?"

Carlos

"Sos hijo de Dios, carajo. Y mañana a la mañana Él te va a dar luz otra vez. Él te perdona. Ahora te toca perdonarte a vos. Ya está. Ya pagaste."

Vi cómo los hombros de Damián se relajaban. Vi cómo el ataque de pánico cedía. Vi cómo la simple idea de un perdón cósmico, absoluto e incondicional, hackeaba su sistema nervioso de una forma que mis manuales de psicología jamás podrían lograr.

Damián no necesitaba entender el universo. Necesitaba que alguien con autoridad moral le diera permiso para dejar de odiarse.

Esa noche, Damián durmió. Y yo me quedé despierto hasta el amanecer, mirando el techo, viendo cómo todas mis certezas se hacían polvo.

09
La pregunta del principio

¿El mundo sería mejor sin religiones?

Si me hablás de las instituciones corporativas, de los fanáticos que inician guerras por pedazos de tierra, de los pastores millonarios que lucran con la desesperación ajena... te diría que sí.

Pero si me preguntás si el mundo sería mejor sin la capacidad humana de creer... sin la fe... te digo que estaríamos condenados.

El problema es que, desde nuestra comodidad, confundimos religión con fe. Creemos que somos seres puramente racionales. Pero la verdad es que somos criaturas frágiles, caminando a oscuras en un universo que no nos da explicaciones, perdiendo gente que amamos, cometiendo errores que no sabemos cómo perdonarnos.

Yo sigo sin saber si hay un señor de barba blanca sentado en una nube. Sinceramente, no me importa. Pero sí sé que el dolor humano es real. Que la culpa es real. Que el vacío es real.

Y hasta que la lógica, la ciencia o la inteligencia artificial logren sostenerle la mano a un tipo que se está muriendo, o logren perdonar a un pibe que tocó el fondo de la miseria... no tenemos ningún derecho a quitarles el único salvavidas que los mantiene a flote.

No se trata de si Dios es un hecho científico.
Se trata de que, a veces, la mentira más hermosa que nos contamos,
es la única verdad que nos salva la vida.

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